«Escapa de esta tierra y no llores por mí. Nunca llores por un muerto»
Julio Fuentes. “Sarajevo, juicio final”.
Les hablé de esta novela en el artículo “Una dedicatoria póstuma”. Se trata de una historia de amor en medio de la vorágine de la guerra de Bosnia (1992-1995). El autor conoció de primera mano ese infierno que eligió como decorado para narrar su relato. Fuentes pasó más de treinta meses dentro de Sarajevo durante el cerco de la ciudad, ejerciendo de corresponsal para el diario El Mundo. «Te acostabas con la esperanza de no soñar con lo que habías visto durante el día», escribió.
“Sarajevo, juicio final” narra el romance entre Lejla y Asrim con una prosa sublime y un talento desgarrador. Lejla y Asrim existieron, quizá con otros nombres; dos chicos normales que habían crecido en Sarajevo. En sus calles habían soñado, escuchado música, peleado, fumado sus primeros cigarrillos, bailado y amado con esa insolencia talentosa con que sólo los jóvenes pueden hacerlo. Los muchachos de su generación, educados en una Yugoslavia que se tambaleaba, ansiaban la apertura definitiva hacia un universo capitalista lleno de oportunidades. Ninguno de ellos había percibido el matiz de la diferencia étnica. Se habían criado unidos, bajo el rasero uniformador de la dictadura de Tito. ¿Acaso importa si tu amigo es ortodoxo, católico o musulmán? ¿No es mucho más importante si te gusta o te hace reír? El heavy metal, conseguir un walkman o ahorrar para comprarse unas Nike eran sus auténticas aspiraciones. La independencia de Bosnia les importaba un bledo.
Pero nadie les preguntó, ni les permitió elegir. El infierno abrió sus fauces y comenzó a engullirlos vivos. Una mañana se despertaron en mitad de una guerra. Sarajevo quedó cercada. La artillería y los francotiradores comenzaron a machacar la ciudad y sobrevivir se convirtió en un oficio peligroso. Ella aprovechó su buen inglés para trabajar como traductora; él engrosó las filas de una unidad de élite que defendía la ciudad. Los dos se convirtieron sin desearlo en «jóvenes triturados por la guerra», «enredados en el viento de la batalla».

Lean la novela. Es un libro que conmueve. También vacuna contra la intolerancia y las ideologías que aún habitan entre nosotros y siguen desatando guerras con la misma furia de siempre. Solo cabe preguntarse: ¿por qué?, ¿anida en algún lugar de nuestro cerebro un odio ancestral contra nosotros mismos?, ¿cuál es la causa de que la guerra nos siga acompañando generación tras generación sin solución de continuidad?
Hay una serie de factores que suelen aparecer en la génesis de cualquier conflicto bélico: nacionalismo —el odio al vecino—, religión —el odio a quién reza distinto y se rige por otras normas de sumisión— o limpieza étnica —el odio al diferente—. Luego está la vertiente geopolítica y económica. Las élites gobernantes siguen obcecándose en alcanzar sus objetivos a través de un juego perverso donde todo está permitido, incluso la guerra. Esto sucede porque ellos y sus familias nunca sangran, otros lo hacen por ellos. La maquinaria funciona porque nunca muestran realmente sus intenciones, sino que siempre las disfrazan de alguna ideología con la que manipular a sus naciones, sus prosélitos o sus congéneres. Si el conflicto no se cierra adecuadamente, bien porque ninguno de los bandos es capaz de doblegar por completo al otro o porque esos intereses que ocasionaron la guerra son difusos (piensen en Israel-Palestina), la propia ideología construida en torno al conflicto devora a la sociedad, transmitiendo el virus de padres a hijos y terminando por convertirse en razón nuclear. Como esas peleas de perros en las que cada uno intenta morder más fuerte, sin saber quién mordió primero. El resultado es igualmente escalofriante: la comunidad, embebida de la ideología —nacionalista, religiosa o étnica— genera auténticos monstruos que se convierten en los dirigentes del futuro.
Provenga de una dinámica u otra, estamos ante el mismo perro con distinto dogal. Un sabueso que devora humanos y siempre deja tras de sí un rastro atroz.
Existen vacunas, pero las mismas élites que alimentan la ideología que nos conduce al abismo suelen combatir su uso. La razón y la cultura son poderosos antídotos; dos principios activos que, incluso en pequeñas dosis, nos adiestran para reconocer el engaño y analizar con espíritu crítico la realidad que nos rodea. Ambas pueden adquirirse o fomentarse con la lectura. No son las únicas. Mora en nuestro interior un instinto heredado de nuestros ancestros y relacionado con la supervivencia del grupo, que es la que nos ha traído hasta aquí: el cuidado de nuestros semejantes. El Homo Sapiens es solidario con el sufrimiento ajeno; puede sentir empatía hacia el prójimo, un sentimiento complejo que nos aleja del resto de animales. ¿Por qué nos esforzamos en ocultarlo?
Una sociedad culta, crítica, empática y solidaria es más difícilmente manipulable. Si se implantasen hasta las últimas consecuencias dichos atributos, no existiría carisma ni liderazgo capaz de arrastrarnos a una guerra. Nadie se prestaría a matar al semejante, a financiar la aniquilación, a sostener al gobernante que lo promulgase. Incluso la respuesta a una agresión sería mesurada, lo suficiente para contagiar el germen de la razón y generar una sociedad libre de ataduras.
«Nunca llores por un muerto», escribía Asrim a Lejla. Llorar por un muerto es acordarse de a quién mataron los israelíes en 2006 y lanzarse el 7 de octubre de 2023 a matar sionistas; o bombardear Gaza indiscriminadamente en recuerdo de los asesinados. Las razones reales eran el poder y los territorios. Mientras, el pueblo lloraba o jaleaba la matanza en nombre de Dios, o de su seguridad.
El día que aprendamos a llorar por los vivos, en que todos sintamos un vértigo desgarrador ante la mera posibilidad de arrebatarle el futuro a alguien, independientemente de su edad, nacionalidad, condición o religión, podremos dejar el fusil a un lado, enterrar nuestras diferencias y comenzar a vivir en plenitud.
Ese día, por fin, habremos enterrado la historia.
Rubén Mayoral