La lectura exige sosiego. Por eso es cada vez más difícil hacerle un hueco en nuestro estilo de vida frenético. Eso, por no hablar de la amenaza que suponen para este hábito los “teléfonos inteligentes”, esos pequeños diablillos inseparables que conjugan a la perfección inmediatez, funcionalidad y unos estímulos sensoriales a los que el cerebro difícilmente puede resistirse. Nada puede competir con ellos, de momento —quizá vivamos lo suficiente para probar la invención del dispositivo que acabe por enterrarlos—. En defensa de los libros hemos de decir que ya han sobrevivido a la irrupción de la radio, la televisión e internet. ¿Serán capaces de superar la siguiente meta?
Con este paisaje que acabo de retratar, la pervivencia de la afición por la lectura puede considerarse un acto heroico a la altura de las grandes gestas de la humanidad. ¿Se imaginan que ese ejemplar de solapas gastadas que reposa sobre el velador de su dormitorio se convierta en un salvoconducto hacia el Olimpo de los héroes? Pues créanme si les digo, que vamos camino de ello.
Los libros tienen algo a su favor: una cierta pátina cultural que siempre luce bien. Incluso en las viviendas más humildes, suele existir una repisa, un hueco al lado del televisor, un armarito de Ikea en el cuarto de los niños o una imponente librería de madera de cerezo, eso ya depende del espacio y los gustos de cada uno, donde la decoración predominante es una hilera de libros. Y no hay mansión que se precie que no cuente entre sus dependencias con una biblioteca —aunque sus propietarios no hayan leído un libro en su vida—. El lujo y la opulencia son incapaces de sustraerse a la majestuosidad que los libros proporcionan. Son capaces de teñir de vivos colores la mayor de las grisuras, ya sea decorativa o intelectual.
Y la pregunta que yo me hago es… ¿cuándo ese puñado de libros que uno tiene en casa se convierte en una auténtica biblioteca?
La Real Academia de la Lengua define biblioteca como «el lugar donde se tiene un considerable número de libros ordenados para la lectura». Esta precisión introduce dos matices: «considerable» y «para su lectura»; es decir, cantidad y propósito. En términos etimológicos, la palabra biblioteca procede del griego bibliothḗkē, formada por biblíon (“libro”) y thḗkē (“depósito” o “caja”), es decir, el lugar donde los libros se guardan y custodian. Conviene aclarar que, desde la antigüedad, las bibliotecas han salvaguardado la memoria escrita, el saber y el conocimiento, protegiéndolo frente al paso del tiempo. Esta es de por sí una poderosa razón, un buen motivo para que existan, más allá de la función atribuida por el diccionario.
Yo creo que la diferencia entre una biblioteca y un montón de libros estriba en la intención con que los hayamos reunido.
¿Lo hacemos para decorar? ¿Para presumir ante nuestros amigos? ¿Para disimular nuestra apatía hacia esa cultura de la que adolecemos? ¿Para invertir un millón de euros —imaginemos que se trata de una colección de incunables—? ¿Para creernos mejores que si no los tuviésemos? En cualquiera de estos casos no tendremos una biblioteca, sino una impostura más.
¿Lo hacemos para releerlos en nuestra senectud? ¿Para acudir a ellos cuando esa memoria cada vez más esquiva nos hurte aquel pasaje o aquella cita que nos marcó con su huella imborrable? ¿Para que nuestros hijos o nietos puedan acceder, si lo desean, al mismo conocimiento que nos convirtió en las personas que realmente somos? ¿Para permitir a la siguiente generación disfrutar de esas historias que nos emocionaron, que nos hicieron reír, llorar y conocer el mundo en que vivimos sin necesidad de viajar? Si respondemos afirmativamente a cualquiera de estas cuestiones, aunque sólo poseamos diez libros de bolsillo apilados en una esquina, sí habremos reunido una genuina biblioteca.
Hacerlo implica una conciencia de permanencia, algún tipo de voluntad de conservación inherente a la veneración que despiertan los libros entre quién los ama. Proporciona estructura mental, la existencia de un criterio íntimo sobre la forma de ordenarlos. Igual que proyectamos nuestras propias reglas morales sobre el ser amado, rescatamos muchos libros de un anonimato injusto por la simple vía de conservarlos. Este comportamiento obedece a una naturaleza respetuosa; quién ama a los libros también venera a sus mayores. Porque ellos, como los libros, son vectores de experiencia y conocimiento. Quién dialoga con los libros, aunque lo haga de forma silenciosa, adquiere herramientas privilegiadas para observar el mundo, categorizar sus observaciones, meditar sobre ellas y alcanzar las conclusiones correctas. No en vano alberga, entre sus estantes, la memoria y las voces ausentes de tantos otros que lo analizaron primero. Nuestra biblioteca nos protege de la fatiga de la ignorancia, de manipulaciones ciegas y voluntades ajenas; nos brinda las claves para entender lo que sucederá. Nos ofrece consuelo y entretenimiento, nos reconcilia con el mundo y con nuestra alma. La hemos elegido nosotros, nadie nos la impone; es un grito de libertad.
Una biblioteca puede ser también un lugar insólito donde ocultar tesoros. Esa fotografía única que inmortaliza aquel verano; una flor seca que sólo entre las hojas de papel conserva toda su belleza y arrogancia; aquella carta de amor que nunca te atreviste a entregar; la dedicatoria de tu autor favorito, lograda con tesón tras cuatro horas de cola bajo el sol; o el recuerdo de aquella feria del libro en que conociste al chico descarado con quien ahora compartes tu vida.
El tamaño no importa, cuando de bibliotecas se trata. Da igual cinco libros que quinientos. Lo único importante es el propósito. Edificarla será un deleite dilatado en el tiempo, un recuerdo agradable que ya nunca les abandonará.
Cuesta muy poco y no tiene contraindicaciones, no se desanimen. Si aún no han establecido los cimientos de la suya, adelante. Hoy es un buen día para comenzar.
Rubén Mayoral.
