España arde de nuevo, como cada verano desde hace décadas, sin remedio. Vivimos condenados a revivir este bucle espantoso un estío tras otro. No sé si es una pesadilla o un castigo divino, infernal más bien; pero lo que si sé es que jamás seremos capaces de hurtarle al demonio este regocijo veraniego, porque en el pecado llevamos la penitencia.
Es repetitivo, aborrecible, odioso.
Nos sucede lo mismo en cada tragedia. El patrón se repite. Da igual que se trate de una DANA, una pandemia, trenes que descarrilan o un incendio forestal. Cada vez que nuestras autoridades tienen la oportunidad de demostrarnos que no están capacitadas para gestionar los enormes tinglados que ponemos en sus manos, lo hacen; sin rebozo, sacando pecho y sin asumir responsabilidades. Son los mismos impostores con distinta corbata, año tras año, década tras década, generación tras generación, catástrofe tras catástrofe.
Vivimos en un país en el que cuando se desató la pandemia de la COVID-19, las autoridades sanitarias nos recomendaron no utilizar mascarilla, cuando hasta un niño de primaria sabía que era lo que había que hacer. El único motivo de tan aberrante decisión, que ningún profesional hubiera suscrito salvo los rumiantes que siempre se guarecen a la sombra del pesebre, fue que las administraciones no podían proveer a la población de mascarillas. Fíjense en el razonamiento, traduzco: «como no puedo o no sé hacer bien mi trabajo, decido condenar a muerte a unos cuantos miles de personas para encubrir mi fracaso.» Con dos cojones, y perdónenme la expresión, pero no se me ocurre otra. Ese es el nivel.
Tan crudo, tan real… y tan nauseabundo.
Voy a continuar con otra catástrofe: la DANA, doscientos treinta muertos. Morir ahogado, aplastado, arrastrado contra escombros o enterrado vivo en lodo es un final terrible. Es el desgarro puro, el dolor extremo, una agonía aterradora. ¿Saben ustedes por qué murieron nuestros amigos, nuestros familiares, nuestros vecinos, de forma tan espantosa? Los perdimos porque no se puede construir en llanuras aluviales aguas abajo de barrancos como los que abundan por allí, a los pies de una sierra famosa por las “gotas frías” desde tiempos inmemoriales. No me voy a extender en explicaciones. Lo importante es la idea. ¿Se imaginan a los responsables locales de hace veinte años embolsándose comisiones millonarias por recalificar terrenos y promover obras hidráulicas cosméticas e insuficientes para que la riera de turno ya pudiese ser urbanizada? Yo sí. Viví esa época y vi cosas similares con mis propios ojos. Y hay más, el segundo motivo: la maraña de leyes medioambientales que impiden la limpieza de cauces, que ordenan derribar azudes, embalses y obras de regulación que llevaban ahí cien años, normas irracionales redactadas por mentes enfermas y sugestionadas, por esa inquisición implacable que te promete el paraíso —una naturaleza idealizada que nunca existió—, para someterte, como han hecho las religiones siempre. Si te pillan limpiando el río en el borde de tu finca, el Estado te trata como a un criminal, te sanciona y te persigue. Mientras, los auténticos culpables de la especulación urbanística y la proliferación de leyes ambientales obscenamente alejadas de la realidad y la ciencia, viven en sus retiros dorados de expolíticos, exbanqueros o ex lo que sean, afirmando que ellos contribuyeron a salvar el mundo, mientras el resto enterramos a nuestros muertos.
Y llegamos a la madre del cordero, a lo que hoy quería traer a colación: los incendios. Porque siendo fríos, una pandemia sucede cada cien años, una DANA tan terrorífica cada diez, pero los incendios acuden a su cita estival un año tras otro. Y aunque la cifra de fallecidos no sea tan escandalosa como en los dos ejemplos anteriores, el goteo de destrucción y calamidad que nos regalan es tan vasto como la estupidez humana.

Siempre es igual. El monte arde y docenas de expertos pueblan las tertulias, las conexiones en directo, los informativos, los programas de radio y televisión, para hablarnos de nuestros incendios. Las causas son conocidas, son las de siempre. El bosque arde por el aumento de la masa arbolada, el abandono del campo y la ausencia total de gestión forestal. Sobre estos factores existe uno que lo agrava todo: la sequía, el viento y las altas temperaturas.
¿De entre los distintos factores, de cuál se ocupan mayormente los medios, los gestores públicos y los opinadores profesionales?
Han acertado, del calentamiento global o «cambio climático». Ya tenemos el primer tropiezo. Me explico. El incremento de temperatura media en el planeta desde 1990 ha sido de 0,7 grados; en España un poco más, podemos redondear a 1 grado. Yo podría hablarles de mil y un aspectos científicos sobre esto, es un tema del que entiendo algo; pero no quiero aburrirles ni entrar en debates estériles. Sólo diré una cosa: si consiguiésemos revertir este calentamiento global, algo fuera de nuestro alcance —seamos realistas— y redujésemos la temperatura del planeta ese grado que hemos incrementado desde 1990, los bosques españoles arderían exactamente igual. El monte se quema a 40 grados exactamente igual que a 41. ¿Y si fuéramos dioses, titanes todopoderosos, y lográsemos enfriar el planeta, pongamos, 3 grados —se ha calentado 1,5 grados desde la era preindustrial—, solucionando así el «cambio climático»? El bosque español ardería exactamente igual a 38 grados, que lo hace ahora a 41.
Ustedes son inteligentes y han visto el engaño, un sucio juego de trileros.
Entonces, ¿por qué se enfatiza y se pone en el centro del debate casi exclusivamente este factor tan fuera de nuestro alcance? La respuesta es sencilla. Porque de esta forma se desvía la atención y no se habla sobre el resto de causas, aquellas sobre las que sí podemos actuar: el aumento de masa boscosa, el abandono del campo y la gestión forestal.
Es increíble ver cómo los políticos, acorralados por este tema, eluden responder preguntas incómodas. Aparecen durante las labores de extinción entre los héroes —bomberos, Guardia Civil, UME y brigadas forestales—, se arrojan inmundicia entre representantes de distinto color político –todo vale en su disputa diaria por el poder—,se dejan fotografiar en los centros de coordinación y control, donde su presencia no aporta absolutamente nada, recorren las zonas quemadas en helicópteros que mejor estarían arrojando agua o dejando de quemar queroseno, y finalmente desaparecen eludiendo su auténtica responsabilidad.
Hasta el año que viene.
Antes de irse de vacaciones, les prometerán pactos y nuevas leyes, cuando no se cumplen las que existen y no se derogan aquellas que entorpecen la prevención de incendios. Cientos de cortafuegos, limpiezas de montes públicos o privados, obras de ejecución de pistas forestales, conducciones de agua, talas y desbroces bajo líneas eléctricas están paralizados precisamente por esa maraña burocrática diabólica de la que nos hemos dotado, esa protección del territorio absurda que en lugar de protegernos nos aboca a sufrir la catástrofe natural con mayor intensidad que lo hicieron nuestros abuelos, la misma que no deja limpiar un cauce lleno de árboles caídos o que hace la vida imposible a los pastores y sus rebaños, obligándolos a dejar de pastorear esas cabras que limpiaban el sotobosque. Existen leyes y ordenanzas que dictaminan las distancias a las viviendas de la masa arbolada y las condiciones que debe reunir ese bosque en función de la distancia. Conozco casos muy concretos, sé de lo que hablo. La Administración no las cumple. Y cuando logras hablar con algún funcionario puro, que todavía existen, te confiesan la falta de medios, de presupuesto y de voluntad de sus superiores. Si tú intentas, como cívico ciudadano que desea proteger su casa o la de su vecino, realizar esa limpieza, no serás autorizado por otras catorce leyes y reglamentos que caerán sobre ti con implacable dureza. Es decir, no sólo no te protegen, sino que el sistema se ha podrido de tal forma que impide que tú te protejas.
No obedece a ningún plan, no es que nadie nos quiera exterminar, simplemente es la consecuencia de décadas de estulticia, ignorancia suicida y fanatismo ideológico instalados en las esferas de poder. Esa es la auténtica realidad.
Vivimos condenados a arder, un año tras otro, a convertirnos en víctimas sacrificiales en el altar de una casta que no piensa en el bienestar de los ciudadanos, sino en la forma de mantener sus prebendas y sinecuras.
Escribo estas líneas desde el dolor desgarrador de una pérdida terrible.
Pedro y Ana eran mis amigos. Han fallecido en el incendio de los Gallardos (Almería). Vivían en Bédar. Hablaba con Pedro casi a diario. Era un hombre sabio, templado, mi confidente y el mejor consejero que jamás tuve. De las pocas personas con quien podías hablar de cualquier tema, alguien de quién siempre estabas aprendiendo y, sobre todo, alguien honesto. A él le hubiera gustado este artículo, por eso lo escribo.
Ana y Pedro, el vacío que dejáis es insoportable. Os echaremos de menos. Es imposible abrazaros ya. Honraré vuestra memoria de la única forma que se me ocurre, siguiendo vuestras enseñanzas. Cuando hablábamos de temas como los que aborda este artículo, Pedro me decía: «Rubén sé honesto y no desfallezcas, el tiempo pone a todos en su lugar.» Y la verdad es que cuesta no flaquear, ante tanta injusticia.
Rubén Mayoral.