Relato ganador del XII CERTAMEN DE RELATO BREVE RELATOS CON ZAPATOS» (Fundación Caja Rioja; Arnedo, La Rioja) en 2019.
Tímidos rayos de un otoñal sol de octubre asoman por encima de tilos y castaños imponiéndose a las grisáceas sombras del alba, iluminando la senda que une los jardines de Versalles con el petit Trianon, el refugio privado de la reina. Bajo la luz acogedora de un templado amanecer, se desliza solitaria la bella silueta alargada de la joven soberana de Francia. María Antonieta, agotada y exhausta por los recientes acontecimientos, busca refugiarse en una soledad que le es tan ajena como desconocida. Se ha vestido con un sencillo traje matinal a la polonesa, con falda drapeada por tres bullones recogidos en la espalda, que le permite caminar más ligera, ahorrándose la incomodidad del polisón y las ballenas; además de mostrar los zapatos y evitar que la tela arrastre por el suelo limitando sus movimientos.
Los zapatos que ha elegido aquella mañana están tan alejados del rococó imperante en palacio como de la inspiración oriental tan del gusto de la reina. La soberana ha sorprendido a sus camareras rechazando chinelas con lazos de seda y lujosos zapatos de tela con tacón francés, de los que por cientos pueblan su guardarropa, antes de elegir unos ligeros botines amarillos de gamuza, con escaso tacón y sin otro ornamento que unas sencillas hebillas de plata.

María Antonieta evita hacer ruido con sus pisadas, como si huyera en silencio del gran palacio, de las monumentales escalinatas, de las estancias inmensas y profusamente decoradas, de las verandas y parterres de sus jardines; lugares donde ha disfrutado de una vida disoluta, distante y ajena a las cuitas del país sobre el cual reina. Huye de un Versalles abandonado por la nobleza y asediado por la Asamblea Nacional; por los representantes del pueblo juramentados meses atrás en el Juego de Pelota, con el firme propósito de dotar a Francia de una Constitución que el propio rey habrá de acatar. Desde entonces, estos diputados que ella considera facciosos, a los que su timorato esposo no ha sabido meter en cintura ni castigar por su sedición, no han cesado en su empeño de aprobar leyes y decretos contra ella, acosándola con sus escritos y legajos. La mujer que nunca se había preocupado de la política, a la que embajadores y ministros aburrían sobremanera; la soberana para la cual se confeccionaban trescientos trajes y cien pares de zapatos anuales; la reina del despilfarro, los bailes, las mascaradas y las representaciones en la Ópera, siente ahora sobre sí el implacable ataque de un pueblo desconocido. No conoce Francia, nunca ha viajado más allá de París; jamás ha hecho nada por rebatir las terribles infamias que sobre ella han circulado a lo largo de años en periódicos y libelos; ni una sola vez se ha acercado a unos súbditos a los que los privilegios y abusos seculares de nobles y ministros han abocado a la miseria y la desesperación. Sólo ahora se percata de que es ya tarde para enmendar las afrentas y envolverse en el arrepentimiento, para intentar cambiar el rumbo de la historia.
Huye de su esposo, rey débil e indolente que impertérrito contempla cómo la nación heredada de su abuelo se transforma, excluyéndolo a él y a su familia del nuevo orden. Luis XVI es un hombre incapaz para el gobierno, falto de toda audacia, de espíritu burgués y capaz de no perder el sueño o el apetito por circunstancia alguna; ni tan siquiera lo ha perdido ante la forja de una Revolución que avanza hacia su derrocamiento. Ha sido un marido ausente y desapasionado que durante los siete primeros años de su matrimonio no fue capaz de consumarlo y estigmatizó con ello a la joven y bella María Antonieta; haciéndola asumir, con frustrante resignación, la renuncia a los placeres del lecho y obligándola a luchar contra sus más íntimas pasiones. La reina ha tenido que acallar sus inquietudes y anhelos para no caer en el adulterio, inaceptable para una joven archiduquesa de Habsburgo. Tuvieron que pasar siete largos años desde su boda para que el pusilánime rey fuera capaz de engendrar al primero de los cuatro hijos que nacerían de su vientre, poniendo fin a semejante humillación.
María Antonieta huye también de su propio miedo, de la incertidumbre y el terror que ahora atenaza su corazón. Teme por su vida y la de sus hijos. Nunca en la historia de la milenaria Francia las semillas del motín y la revuelta germinaron con semejante celeridad como en aquel verano de 1789. El pueblo, impaciente por convertir los tiernos brotes verdes de la libertad en robustos y leñosos tallos que ninguna guadaña extranjera sea capaz de hacer caer bajo su filo, decidió regar con sangre el titubeante y escabroso proceso iniciado por la Asamblea Nacional. Los ciudadanos de París, agitados por Camille Desmoulins, profeta de la libertad, enardecidos por el hambre y ahítos de abusos e injusticias seculares, empuñaron las armas y tomaron la Bastilla escenificando así su determinación. La Revolución es un movimiento tormentoso, desatado e irreversible; una hoguera pavorosa alimentada y propagada por la ira del pueblo francés, que logra mayores conquistas cuanto más rudamente alborota y vislumbra la meta de la libertad por el atajo de la violencia.

Esta mañana de octubre la reina huye pues de sí misma, del rey a quien detesta y de la incipiente Revolución a la que teme. Con paso presuroso llega al petit Trianon, palacete regalado por Luis XVI a su joven y bella esposa; un lugar otrora poblado por alegría y fiestas, juegos y representaciones, música y poemas, que ahora desfallece ante sus ojos sumido entre el más profundo silencio y un absoluto abandono. Pero no le importa. Eso es lo que busca la reina esta mañana de octubre. Desea descansar unas horas, alejada de toda política; olvidar por un instante sus amarguras y evocar tiempos más felices en aquel parque otoñal donde los estanques reflejan los colores ocres y rojizos de la arboleda que se apaga. La reina se acomoda en un banco de piedra, alza los bajos de su falda y contempla sus zapatos. Recorre con devota mirada la suavidad de la piel de gamuza, el cuero del animal alpino que le permitirá volar tan lejos como sea posible, lejos de Versalles, de aquel entorno sofocante y obsceno que la envuelve, que la oprime sin remedio, que la trata de aplastar con el peso infinito de la historia. Podría abandonar su traje en la espesura y vestirse con ropa de hombre, echar a andar y alejarse de su jaula dorada; podría huir incluso en camisola o sin ropa si fuera preciso; pero nunca podría hacerlo descalza, sus débiles pies desnudos no podrían hollar la agreste espesura de los bosques ni la pedregosa superficie de los caminos. Unos simples zapatos pueden llevarla ahora mucho más lejos que el más fogoso de sus caballos o cualquier carruaje, que serían interceptados apenas traspasase la puerta de las caballerizas.
La reina no puede evitar acordarse de su amigo y paladín, el único a quien realmente ha abierto su corazón, el caballero Axel de Fersen. Ahora, en la adversidad, ella se da cuenta del significado del verdadero amor, de la trascendencia de los sentimientos más allá de la propia existencia, de lo superficial que ha sido todo en su vida y de la escasa atención que ha dedicado al único hombre que se acercó a ella movido por un sentimiento realmente noble. Mientras lo añora, en aquel breve intervalo de sosiego, escucha el trino alegre de las aves saludando al nuevo día y cierra sus ojos para regocijarse con el goce intenso de sus sentidos, aspirando con suavidad los aromas de las últimas flores en los bancales antes de que venga el invierno; sumergiéndose en esa fuerza inalterable de la naturaleza que la reconforta, ajena a las leyes de los hombres.



Densos nubarrones grises comienzan a asomar por el horizonte y amenazan con ocultar el sol, icono de una dinastía que agoniza, cuando un correo acude con terribles noticias.
¡La revuelta ha estallado de nuevo! El suministro de pan ha sido interrumpido en París durante dos días y una turba de mujeres hambrientas, dirigidas por un tal Maillard, han tomado el Ayuntamiento y se han apoderado de un arsenal de picas, sables, pistolas y fusiles, enervadas por la noticia que manos interesadas, muñidoras del motín, han hecho circular por la ciudad sobre un pantagruélico festín con que cuatro días antes los soberanos han obsequiado al regimiento de flamencos que protege el palacio. Aquellas madres famélicas que a diario ven morir a sus hijos de hambre, contemplan con redomada indignación cómo los diputados languidecen en Versalles debatiendo sobre los derechos del hombre y del ciudadano, mientras ellas acechan al invierno, entierran a sus vástagos enflaquecidos y soportan la carestía agravada por la falta de pan. No es de extrañar que decidan lanzarse, vociferando su odio y su enojo como amazonas furibundas y sedientas de sangre, en pos de los causantes de su desgracia. La multitud se mueve bajo gritos de «¡El rey a París!» «¡A Versalles!». Acuden al refugio de la alimaña, armadas con el hierro y la pólvora necesaria para cazarla y conducirla a buen recaudo como garantía para alcanzar sus pretensiones. Ocho mil furias exaltadas, al paso de cajas y tambores, marchan hacia el palacio a pie, bajo las primeras gotas de una tormenta que ya ha comenzado a descargar sobre ellas.
La reina recoge su sombrero y se pone en marcha con tal premura que obvia lanzar una sola mirada hacia aquel palacete querido y aquel paisaje que puebla sus sueños; pues no sospecha que está viendo por última vez en su vida la suave hierba de sus jardines, el templete del amor y el estanque en cuyos márgenes tantas veces disfrutó de la belleza de la naturaleza. Sus ojos nunca volverán a contemplar el petit Trianon.
Cuando llega al palacio, la lluvia se ha desatado sobre Versalles. Empapada, se acoge a la protección del edificio donde reina la mayor de las confusiones, ante el rumor estrepitoso de aquel ejército de mujeres que ya avanza por la avenida de París. María Antonieta accede al salón del consejo y contempla a su indolente esposo instalado en la indecisión y vacilación habitual. El ministro Saint-Priest le insta a elegir entre la fuga a Ramboulliet o desplegar a los dragones y el regimiento flamenco delante del palacio y hacer frente a las osadas mujeres; pero el rey no decide y deja escapar un valioso tiempo que ya nadie le devolverá. En mitad de la confusión, Fersen llega a uña de caballo, descabalgando en las mismas escalinatas de Versalles para acudir junto a la reina en el grave trance que se avecina e incorporándose al consejo que delibera.
Mientras tanto, miles de mujeres ateridas, empapadas por la lluvia y cubiertas de lodo del camino, avanzan con paso firme y enloquecida determinación, elevando el clamor de sus cánticos revolucionarios por encima del estrépito de la tormenta. Como un torrente desatado que arrastra árboles y cantos rodados en una argamasa caótica de agua y lodo, miles de Judiths en busca de Holofernes penetran en palacio ante la pasividad de los guardias. El rey vacila, titubea y aún medita sobre qué decisión adoptar, cuando recibe a una comisión encabezada por el presidente de la Asamblea, Monnier, guiando a seis mujeres elegidas entre aquel ejército de modistas, pescaderas, sirvientas y meretrices, deseosas de presentar sus demandas ante Luis XVI.

La reina rechina de indignación y no disimula su rencor encendido hacia aquellos rostros ojerosos, húmedos y enjutos, que simbolizan el movimiento que a ella le niega su condición de mujer por encima de la de reina. El rey contemporiza con la delegación y promete pan, reformas y todo aquello que reclaman. María Antonieta siente escalofríos y se estremece al ser testigo de la claudicación de la corona. Su marido rinde la plaza sin lucha, entrega la nación a los revoltosos; incapaz en la defensa de sus derechos y su legado, aboca a la familia real a ponerse en manos de quien tan sólo corea cánticos obscenos y amenazas contra ella y sus vástagos; se echa en los brazos del verdugo, sin oponer resistencia alguna. Arrobada e incapaz de soportar la patética conducta del rey María Antonieta se retira a sus aposentos. En el pasillo, con disimulo, Fersen, que no se ha separado de su lado, le susurra al oído unas palabras que a pesar de su crudeza son un atisbo de esperanza para su atribulada alma: «Os quieren a vos, vuestros hijos no peligran; piden vuestra cabeza. Esperadme en vuestra alcoba esta noche, con los zapatos puestos. Prepararé la fuga y os pondré a salvo».
Aquella noche, las ocho mil mujeres se instalan en palacio. Todos los soportales de Versalles, antesalas, capillas, escalinatas, cuadras y cuarteles son poblados por aquel ejército de madamas, ninfas y proletarias que sabiamente dirigido y alentado se guarece de la lluvia. Confraternizan con los guardias y sirvientes ganándolos para su causa, mientras discuten con los diputados sobre las propuestas del rey y las garantías a exigir. Todos coinciden en la necesidad de trasladar al mismo rey y sus hijos a París, en concepto de rehenes de sus promesas. Ha llegado el marqués de Lafayette a Versalles al frente de la Guardia Nacional, el ejército republicano, cuyos integrantes nada más llegar se entremezclan y solazan con las que son sus amadas, esposas, hermanas y vecinas.

María Antonieta respira a través del aire húmedo el hedor de la proximidad de sus verdugos, materializado en aquella muchedumbre que vivaquea en su propio refugio, donde la paz es un frágil equilibrio que una mala palabra o un gesto puede romper en cualquier momento. Está viviendo el punto culminante, el cénit de su existencia. Hasta ese mismo instante ha sido reina de Francia, pero no sabe lo que será al amanecer. María Antonieta espera vestida con un traje ligero de paseo y un abrigo estilo Brunswick; no se ha quitado ni un momento los botines de gamuza, indispensables para sus planes de fuga. Hace ya horas que las sombras han caído sobre Versalles y Fersen no da señales de vida. La reina se preocupa por la vida de su amado ¿y si ha sido víctima de la delación de los múltiples traidores que pueblan aquella minorada corte, donde la mayoría de los ministros ya contemporizan con la Revolución?
Los fuegos se apagan, las conversaciones decaen con la lumbre, la vigilia se debilita, la lluvia remite y miles de almas humildes bajo los soportales van siendo poco a poco seducidas por el sueño y arrastradas hacia el onírico paraíso de Morfeo. Fersen no aparece. La reina se aterra, el pavor que invade su corazón se vuelve tanto más inabarcable cuanto más se acerca el alba. Teme a la salida del sol tanto como a la ausencia injustificada de su paladín. La incertidumbre es peor que la condena y mil veces hubiera preferido sentir la certeza de que un piquete de ejecución la acechase al amanecer antes que aquella eterna dilación. Una camarera se acerca a María Antonieta y le propone desvestirse, desprenderse de los botines de gamuza y del traje de paseo, pues sus pies están ya doloridos e hinchados por las muchas horas de espera. La reina, desacostumbrada al sacrificio, agotada y debilitada, accede; se desviste y descalza, dejando los borceguíes a los pies del lecho, cubriendo su blanca y vaporosa ropa interior con una camisola de dormir. Se siente abandonada definitivamente por la suerte y crece en su interior la preocupación por su amigo.
Son las cinco de la madrugada cuando un solitario disparo de pistola resuena en las escalinatas de palacio, sacando del sopor y del letargo a la Revolución. Nadie sabe quién ha disparado, ni de donde proviene el eco de la detonación; pero los instigadores del motín se alzan sobre su relajo y lanzan a las mujeres al asalto de las habitaciones de la reina. Sin que nadie sepa cómo ha empezado todo, antes de que los guardias flamencos o los soldados de Lafayette puedan siquiera saber qué sucede, las conjuradas son guiadas por cómplices sombras a través de escalinatas y corredores hacia las estancias reales, enarbolando su odio y gritando enardecidas con voces roncas los mantras de la revuelta. Un guardia ensangrentado irrumpe en los aposentos de María Antonieta y tranca las puertas por dentro, con el tiempo justo para gritar a la reina que huya hacia los aposentos del rey. No hay tiempo que perder, disparos aislados y ruido de cristales rotos atruenan por todas partes; los guardias de corps de la reina han sido asesinados en las escalinatas y sus cabezas son clavadas sobre picas, como auténtico y sanguinario estandarte de la Revolución. En cuestión de segundos, un golpeo rítmico de hachas y picos hace retemblar y tambalearse las hermosas y decoradas hojas de madera de su alcoba, que amenaza con ceder.
La reina desnuda, en ropa de dormir y descalza, sin tiempo a ponerse los botines que le han acompañado durante todo el día, echa a correr por el pasadizo que comunica sus aposentos con los de Luis XVI, seguida por sus camareras y el único guardia vivo. El sendero de la salvación no es más que un atajo por puertas disimuladas que van abriendo el paso a través de diversas estancias hacia el dormitorio real. El mismo camino que durante años María Antonieta recorrió en busca del frío tálamo significa ahora la única vía de salvación posible para ella. Desembocan con su carrera desesperada en la enorme antesala real, separada de los jardines por inmensos ventanales, justo cuando ceden las puertas asediadas y resuena el escándalo lejano y postrero del saqueo del dormitorio de la soberana. María Antonieta se detiene al escuchar una voz familiar al otro lado del gran salón, tras una infranqueable barrera de infantes suizos que custodian los aposentos del rey. Es Fersen quien grita desesperado, forcejeando con los suizos que le impiden el paso: «¡Majestad! ¡Por aquí! ¡Seguidme Majestad!»
María Antonieta no lo duda y, abandonando a sus damas, gira hacia aquella presencia que se vislumbra al otro lado del gran salón, hacia Fersen, tratando de dejar atrás la horrible pesadilla. Pero los cristales de los grandes ventanales del enorme salón han sido rotos por los disparos y una lluvia de piedras y objetos que los amotinados han arrojado contra ellos. Las baldosas blancas y negras aparecen alfombradas de miles de diminutos y cortantes fragmentos de vidrio que espejean ante el tintineante resplandor de las velas de los candelabros que alumbran la escena. Apenas inicia la carrera hacia su salvación, siente cómo los fragmentos de cristal laceran su delicada piel, provocándole dolorosos y profundos cortes que la hacen detenerse. Mira a su alrededor, toda la estancia está plagada de cristales; hirientes restos quebrados de lo que fueron las mejores ventanas de Francia. Da nuevos pasos hacia el otro lado y termina ahogando su impotencia con un lánguido y desesperado gemido al sentir nuevos cortes; al percibir con agudo dolor cómo un tibio fluido escarlata abandona su cuerpo a través de los profundos surcos que aquellas cuchillas fortuitas han abierto en sus pies; al ser consciente que no puede avanzar más, que está atrapada. Contempla sus huellas ensangrentadas sobre las baldosas y lanza una última mirada anegada en lágrimas hacia Fersen, percatándose que nunca llegará a sus brazos.
Una reina no puede huir descalza. Nunca antes, la ausencia de unos sencillos zapatos había condicionado de tal manera la suerte de una nación. Todos los sufridos días que le resten de vida, María Antonieta se acordará de aquellos suaves botines de gamuza, que la hubieran permitido huir de su pueblo, de su destino y sobrevivir dejando atrás la maldición de una reina.

La ocasión se ha perdido; resuenan los gritos de los revolucionarios y la Guardia Nacional, encabezada por Lafayette, irrumpe en la escena conteniendo a los amotinados. María Antonieta, ayudada por sirvientes, logra salir del mar de vidrios rotos en dirección contraria a su salvación y refugiarse en el sombrío tálamo, tras un dosel. El rey y sus ministros se avienen una vez más a la negociación; los políticos se hacen cargo del motín, cobrándose sus buenos réditos y arrogándose el mérito de haber salvado la vida de la reina a cambio de nuevas claudicaciones y la entrega de toda la regia familia a la tutela de la legalidad republicana. Esa misma tarde, Luis XVI y su familia abandonan Versalles para siempre, rehenes de su propio pueblo y escoltados hacia París y su destino por ocho mil mujeres satisfechas y orgullosas de su presa.
Entre las furias, camina una joven costurera de apenas dieciséis años, que trata infructuosamente de estirar su andrajosa falda para ocultar unos suaves y delicados botines de gamuza, amarillo pálido, con leve tacón, coronados por sendas hebillas de plata que le reportarán unas cuantas libras con las que mitigar su hambre y comprarse alguna ropa usada, cuando sean empeñadas por algún prestamista del suburbio de Saint-Aintoine. Nadie sabrá nunca que, sobre aquellos zapatos, jugoso botín de la joven muchacha, reposó una vez la única esperanza de salvación de la reina de Francia.
Rubén Mayoral.