Escribía en el artículo anterior sobre los cimientos y virtudes de una biblioteca personal, y señalaba como una de sus grandezas la capacidad de albergar pequeños tesoros. Hoy quiero hablarles de uno de ellos.
Los libros de ocasión fueron durante muchos años el único recurso a mi alcance con el que alimentar mi voracidad bibliófila. Aún hoy sigo recurriendo a libreros de viejo a menudo, aunque la razón sea bien distinta. Muchos de los títulos que me interesan son libros antiguos o descatalogados que no existen en ediciones actuales. Por ello, las librerías de segunda mano siguen siendo proveedores indispensables de mi humilde biblioteca; aunque la irrupción de internet ha facilitado mucho las cosas. Lo que antes podía llevarte años encontrar ahora se localiza en cuestión de segundos a golpe de clic y, por un módico precio, se recibe en la puerta de casa.
Entre páginas de libros usados me he encontrado prácticamente de todo: cupones de la ONCE de los ochenta, tickets de compra, bonos de autobús, tarjetas de visita, estampitas, recordatorios, anotaciones y tachaduras. Adoro especialmente los “ex libris” y las declaraciones del estilo: «este libro pertenece a …». Es algo que me produce una ternura inmensa. Darle una segunda vida a un libro es un acto de caridad con su antiguo propietario. Incorporar ese ejemplar a tu propia biblioteca supone darle la razón a esa persona que lo custodió durante años y regalarle un billete hacia la inmortalidad. Equivale a susurrarle con una mirada franca, allá donde esté: “lo hiciste bien, ha merecido la pena”.
Digo «allá donde esté», porque el mercado de segunda mano se provee fundamentalmente de fondos editoriales y herencias. Los libros de ocasión valen poco y la cruda realidad suele imponerse. La abuelita se muere con doscientos libros en el salón y urge despacharlos antes de que vengan los de la inmobiliaria. Ese es el destino, nos guste o no, que espera a la mayoría de esas bibliotecas que con tanto amor y ternura se reúnen a lo largo de nuestras vidas. Y no es un mal final. Un nuevo hogar siempre será mejor que la hoguera.
Hace unos años adquirí en una librería de ocasión de Madrid la novela “Sarajevo, juicio final”, de Julio Fuentes. Llevaba un año detrás de ella y me goteaba el colmillo cuando por fin me hice con un ejemplar. Al abrirla, en su primera página, me encontré esto:

No soy mitómano ni cazador de autógrafos; sin embargo, algo se removió dentro de mí. Me embargó una emoción extraña.
Julio Fuentes fue reportero de guerra para el diario el Mundo. Uno de los mejores de su generación. Nació en Madrid en 1954, fue corresponsal en Moscú y cubrió conflictos en Irán, Irak, Nicaragua, El Salvador, Kuwait, los Balcanes, Oriente Próximo y Afganistán. Sus crónicas durante el sitio de Sarajevo, en la guerra de Bosnia (1992-1995) le catapultaron al Olimpo de los corresponsales, aunque quienes le conocieron insisten en destacar su humildad. Lo describen como alguien irónico y sereno durante las situaciones de riesgo. Además de sus crónicas, nos ha dejado tres novelas: “Sarajevo, juicio final”, “Resistencia humana” y “Rebelión”. Fue asesinado en Afganistán el 19 de noviembre de 2001, cuando circulaba en un vehículo por la carretera hacia Jalalabad, junto a otros tres periodistas: Maria Grazia Cutuli, Harry Burton y Azizullah Haidari. Los cuatro fallecieron en el ataque.
“Sarajevo, juicio final” se publicó en abril de 1997. En algún momento entre 1997 y 2001, Fuentes estampó esa cálida dedicatoria a un compañero, Pepe Abascal, al que no he logrado identificar. Mis herramientas son rudimentarias: rastreos con Google, listas de periodistas del diario El Mundo en los años noventa y poco más. Antes de escribir este artículo hice una nueva tentativa preguntándole de todas las formas posibles a una inteligencia artificial. Nada. Sigo sin saber quién fue Pepe Abascal, pero sospecho que ya no se encuentra entre nosotros. Un miembro de la “tribu”, como Manuel Leguineche bautizó a la grey de los reporteros de guerra a la que él mismo perteneció, jamás se desharía de un libro de Julio con una dedicatoria así. De vivir Pepe Abascal, creo que ese libro jamás hubiera llegado a mis manos.
Julio Fuentes murió a los 46 años, víctima colateral de una guerra que no le pertenecía, como ninguna de las que cubrió en su dilatada carrera. Si viviese, disfrutaría ahora de una merecida jubilación, hubiera publicado unas cuantas novelas más y quién sabe si no hubiera rivalizado en éxito literario con su compañero y amigo Arturo Pérez-Reverte (quién dijo sobre Fuentes que vivía en Sarajevo como un “drogado de la guerra”).
“Sarajevo juicio final” es una novela magnífica, única, inmejorable. Uno de esos libros por los que merece la pena vender un trocito del alma al diablo. ¿Cuál es el verdadero tesoro aquí?, ¿la dedicatoria, la novela o el deseo íntimo de conservarla cerca de mí? Si les digo la verdad, no lo tengo claro. De lo que estoy seguro es de que sí mañana se desatase un incendio en mi vivienda y tuviese que entrar en la habitación de los libros con una manta en la cabeza para salvar los que pudiese llevar entre mis brazos, este sería uno de ellos.
Palpita entre mis estantes el pensamiento de un muerto, una muestra de cariño entre compañeros que ya no existen. La solidaridad de quienes probablemente han visto y sufrido juntos cosas inimaginables, plasmada en veintidós palabras que trascienden la vida del autor. Quizá Fuentes escribió una novela así, porque sentía la necesidad de condensar entre sus páginas todas esas imágenes de Sarajevo, todas esas ideas atormentadas que poblaban su cabeza al volver de allí, antes de que la siguiente guerra o el olvido terminasen por borrarlas.
Al final, por desgracia, esa memoria la borró la muerte.
Rubén Mayoral.